jueves, 8 de febrero de 2018

Jugando de memoria


Hubo un tiempo antes del hoy en este nuestro mundillo, uno en el que la cantidad de juegos a la que podíamos acceder era mucho menor, en parte porque no había tantos y en parte porque no era habitual poder disfrutar de ellos en casa. Lo normal era ir a un salón recreativo como el de la imagen y dejarse la paga en una o varias de las máquinas que allí había, tras lo cual regresábamos a casa sin dinero pero más o menos satisfechos con la experiencia...

Todo eso comenzó a cambiar a finales de los años 80, cuando las consolas se fueron poco a poco haciendo cada vez más populares aunque bien es cierto que antes ya era posible, con limitaciones eso sí, tener en nuestro poder material suficiente para horas y horas de diversión gracias a los primeros ordenadores (Amstrad, Spectrum, Commodore...). No obstante, comprar un juego de consola no era tarea fácil si nos lo queríamos pagar nosotros mismos y eso hacía que, una vez comprado, lo exprimiéramos a tope, algo que con el paso del tiempo y a causa de la masificación de títulos que sufre el sector es cada vez más difícil de hacer.

Hablar del hábito de consumismo desfrenado de la sociedad actual o, como yo suelo llamarlo, la "cultura de usar y tirar" que se da en todos los ámbitos del entretenimiento audiovisual daría para escribir un extenso artículo (o más) pero esto va de videojuegos y a ellos me ceñiré. En lo referente a nuestra afición muchos son quienes devoran juego tras juego sin sacarle más jugo, sin de verdad aprovechar todo su contenido. Yo siempre me he considerado una excepción dentro del asunto pues me gusta hacer justo lo contrario, es decir, rejugar los juegos y exprimirlos en lo posible. Por eso hoy quiero hablaros de esos casos "extremos" en los que he llegado a entregar tantas horas de mi vida a un juego concreto que he terminado por memorizar cada rincón, cada enemigo y cada movimiento. En definitiva, a conocerlo tal vez igual o mejor que quienes lo programaron en su día. No son muchos pero sí muy representativos de una o varias épocas, y gracias a ellos más que a ningún otro sigo disfrutando de esta afición más de treinta años después de haberme iniciado en ella. Comencemos...


Shinobi (Sega. 1987)


Este juego representa para mí mucho más que un mero entretenimiento pues su temática, tan de moda por aquellos años, fue el gancho que me introdujo de verdad no solo en los videojuegos (hay un ejemplo anterior pero no caló tan profundo), también en en el maravilloso mundo de las artes marciales y las culturas orientales (para que luego dijeran que los videojuegos no enseñaban nada). Todos los días, durante meses, eché partidas en la máquina que había en un bar de mi calle, y de ahí la perfección lograda en su desarrollo. No me es posible recordar el proceso al completo pero sí sus resultados y, a día de hoy, me sigue siendo relativamente sencillo obtener la famosa bonificación de 20000 puntos al finalizar cada pantalla sin haber realizado un solo disparo de shuriken o de balas. Anticipándome a cada enemigo, conozco todas sus rutinas y sé cuándo y cómo golpearles sin fallar casi nunca (de hecho, muchos juegos de antaño se basan en este principio de la anticipación) y, si la cosa sale muy bien, puedo llegar a acabarlo con una sola vida...


Chelnov, Atomic Runner (Data East, 1988)


Caso idéntico al anterior. He de decir que aquí he perdido un poco de práctica pero sigo recordando dónde está cada enemigo, cómo acabar con él y, aunque no me es tan fácil hacerlo como con el clásico de Sega, también aquí he llegado en más de una ocasión a completarlo sin morir. He de decir que también depende de la versión que juegue, pues hay diferencias entre ellas. Principalmente en el primer nivel, más corto si no recuerdo mal en la versión americana (¿o era al revés..?)


Wonder Boy in Monster Land (Sega, 1987)


Antes de hablar de este juego, quiero recalcar que me he referido hasta el momento únicamente a las versiones originales de recreativa, ya que sus contrapartidas domésticas a menudo eran bastante diferentes, y no solo en el apartado visual. Dicho esto, volvemos una vez más a lo mismo. "Monster Land" es un juego que conozco mejor que a mucha gente, y de hecho es a estas alturas muy, muy raro que no consiga terminarlo ya no solo sin perder la poción sino con la armadura al completo y una buena puntuación gracias a la gran cantidad de monedas acumuladas a lo largo de la partida. Todos los pasos a dar los tengo grabados a fuego en mi mente.


Street Fighter II (Capcom, 1991)


Seguro que con este juego coincidimos muchos, ya que fue el rey de los salones (recreativos y caseros) durante largo tiempo. Particularmente siempre me gustó cambiar de personaje en cada partida y, en consecuencia, aprendí a manejarlos todos aunque luego, como cualquier otro jugador habitual, tuviera mis favoritos. A día de hoy todavía echo alguna que otra partida en diferentes plataformas y sigue siendo, para mí, la mejor de todas las entregas, muy por encima en cotas de diversión a las que vinieron después...


Sega Rally (Sega, Saturn, 1995)


Abandono las versiones arcade para entrar de lleno en el terreno doméstico con un juego que si a priori se antoja breve, no por ello carece de diversión. Cuatro circuitos y tres coches, uno de ellos secreto, eran suficientes para pasar un buen rato hace más de veinte años y la mejor prueba de ello es que volvía a él una y otra vez buscando ese margen de mejora, esa décima que se podía arañar en cada curva. Es seguramente el juego de mi colección que más tiempo ha pasado en funcionamiento en mi Saturn y aún a día de hoy, cuando vuelvo a enchufarla, es el primero que cojo de la estantería...


Project Gotham Racing (Bizarre, Xbox, 2002)


Aunque podría haber mencionado el juego que dio origen a esta saga, que no es otro que el Metropolis Street Racer de Dreamcast, lo cierto es que mi record en cuanto a horas de juego en la primera consola de Microsoft lo ostenta sin duda este más que buen representante de un género, el de conducción, que fue quizá el último que realmente me enganchó hasta que mi interés por el mismo acabó decayendo al ver que nada me transmitía las mismas sensaciones. Además, y como nota curiosa os diré que, a causa de mi hábito de controlar los coches no mediante los gatillos sino con los botones, llegué a encallecer mi dedo pulgar de la mano derecha. Una señal que todavía conservo y que luzco como una "herida de guerra", jajaja...


The Elder Scrolls IV: Oblivion (Bethesda, Xbox 360, 2006)


Voy a terminar con el que sin duda ha sido MI JUEGO de la pasada generación. Su entrega posterior, Skyrim, también me dio para mucho pero, y esto que os voy a contar es un dato real (ni miento ni exagero): si bien esta última ha rondado las 1200 horas en conjunto, ya que son muchos los personajes que he ido creando, dicho número es superado con creces por Oblivion, el cuál lleva acumuladas más de 1700 y con visos a subir puesto que tengo pensado, antes o después, volver a él. Cifras que sé que pueden impresionar si tenemos en cuenta que hablamos de un juego para un jugador, pero es que pocas experiencias han sido tan gratas como, entre otras cosas, perderse por los diversos caminos de Cyrodiil o subir a la más alta montaña a contemplar el entorno a la luz del atardecer. Tal vez, si para cuando salga la sexta entrega estoy todavía en este mundillo, pueda volver a disfrutar de algo semejante...


Ha habido más juegos de los que, en mayor o menor grado, conservo a la perfección no solo su buen recuerdo sino también cómo avanzar en ellos. No obstante, escogí los aquí nombrados por ser juegos que fueron en su momento completados. Por el camino han quedado muchos otros que solo pude conocerlos bien hasta donde llegué. Espero que este inesperadamente extenso post no os haya aburrido y/o desanimado sino todo lo contrario y me gustaría, además de que compartierais vuestras experiencias con esos juegos que, como me pasa a mí, podríais jugar a día de hoy como si no hubiera pasado el tiempo, que esto sirva para concienciar sobre el hecho de que todos (y me incluyo), por la razón que sea, muchas veces no aprovechamos lo que tenemos en la medida en la que podríamos hacerlo.
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